MI DISCURSO FINAL A 30 AÑOS DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

«Esta noche, el pueblo alemán fue el más feliz del mundo»;
«Muro y alambre de púas ya no nos separan»; «Una locura maravillosa». Estos fueron los titulares de diferentes matutinos alemanes, Süddeutsche Zeitung, la FAZ, de noviembre de 1989.

Algunos dicen que fue una confusión la que precipitó la apertura del Muro: ante la pregunta 18.53 del periodista italiano Riccardo Ehrman sobre la nueva Ley de Tránsito, el representante de la República Democrática Alemana (RDA), Schabowski, respondió: “Todo ciudadano de la RDA puede viajar sin problemas”. “¿A partir de cuándo entra en vigencia?”, repregunta el periodista. “Desde ahora”, responde el representante.
Tres horas más tarde, las personas hacían cola para traspasar el Muro en Checkpoint Charlie, en Bornholmer Strasse… “¿Qué hacemos?” fue la pregunta de los guardias… ¿reprimir?, no se animaban… la semilla de la libertad también estaba en ellos. Jäger (el guardia fronterizo) llama a su superior, que no le responde. Entonces, decide levantar la barrera.

Algunos medios argentinos fueron todavía cautos: «Alemania Oriental abre sus fronteras a los emigrantes».

Fue un proceso… una grieta, a través de la cual se vislumbró la libertad.

Alemania tiene dos caras antes del 9 de noviembre.
Una, de horror y de nunca más: el día de la barbarie de la noche de los Cristales Rotos. Otra, que le devolvió la dignidad.
Pero ambas están conectadas: nos enseñan que, ante el horror, el totalitarismo, la discriminación, siempre puede germinar la rebelión pacífica.

Inspirados en aquellos que se animaron a resistir a Hitler y que intentaron el frustado ataque del 20 de julio de 1944, nació una Alemania inclusiva, democrática.

Lograron construir una opción al fascismo. Fue un reservorio de coraje y ética.

En realidad, ese atentado no tuvo un valor político, sino que fue un mensaje de moralidad: el mundo pudo ver que había otros alemanes que no comulgaban con las atrocidades.

Y la caida del Muro fue el resultado de un movimiento multidisciplinario, que comprendía grupos grandes y pequeños, pero todos inmensos por su significado, en los que se palpitaba un profundo rechazo al totalitarismo.

Hoy, a 30 años de la caída del Muro, ya no se siente esa euforia…
Ese final feliz que se festejó, pareciera que se ha vuelto “de transición”, en el que emergen sentimientos no resueltos.

Alemanes migraron en su propia nación… y, a pesar de que el desempleo bajó en la ex Alemania Oriental, los salarios están casi equiparados (84%), el descontento existe. No es fácil revisar el pasado… es peligroso.

Debemos velar para que un grupo no se arrogue el monopolio de la nacionalidad, como lo define Zanatta: «Cuando una parte de la población piensa que tiene el derecho histórico de su país, se crean divisiones, donde pierden todos».

La democracia alemana sigue siendo un símbolo de garantía de los derechos humanos, de bienestar. Una Europa que decidió, gracias a Dios, reafirmarse.

Pero como alertaba la canciller Angela Merkel, los derechos humanos no se pueden dar por sentados. Hay que defenderlos, siempre, como la libertad, el Estado de derecho.

El mundo está “en movimiento”. También en América Latina vemos marchas, manifestaciones de ciudadanos que piden ser escuchados y soluciones. Hay que buscar entenderlos. No hay una gran estrategia que nos ampare a todos. No estamos hablando de crisis, sino de una transformación donde los victoriosos serán aquellos que escuchen con el corazón… se pongan en la otra vereda…

Debemos ser multilateralistas, flexibles y decididamente fraternos y creativos, buscando nuevas respuestas a viejos problemas profundos.

Lo que no puede variar, son los valores en los que se deben basar las soluciones: dignidad, libertad, tolerencia y respeto por los derechos humanos. Estos valores nos van a dar soluciones razonables, porque nos permiten lograr respuestas sin violencia. Quizás la búsqueda de consensos no “calienta pasiones”. Todos los “ismos” tienen mejor propaganda… pero recordemos que la locura de los “ismos” busca convertir las ventajas de unos, en las desventajas de otros.

Hoy, al estar aquí reunidos, señalizamos que no vamos a dejar que “alambres de púa virtuales” coarten la convivencia y dividan.

Busquemos escuchar, hablar. Busquemos al otro. Ello trae paz.

Muchas gracias.